Archivo de Diciembre de 2008

Hacer tortilla sin romper los huevos.

A veces, evitar un fracaso, se considera un éxito. Es lo que ha pasado en la reciente Cumbre del Clima de Poznan que preparaba el Acuerdo de Naciones Unidas que sustituirá, a partir de 2012, al Convenio de Kyoto y que se deberá concluir a finales del próximo año en una nueva reunión de las partes en Copenhague. Se han producido pequeños, aunque importantes, avances en el compromiso de lucha contra un cambio climático cuyo adelanto ya está aquí en forma de 25 millones de refugiados a nivel mundial como consecuencia de sequías, inundaciones, tornados y otras catástrofes de magnitud y frecuencia desconocidas, identificables con factores medioambientales.

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¿Que es un pesimista?

Algunos amigos y conocidos me han señalado un excesivo pesimismo por mi parte en el articulo de este domingo que podeis leer aqui. Las perspectivas para el año entrante no son buenas. Lo digo yo, lo dice el Presidente del Gobierno, lo dice Solbes, pero sobre todo, lo ha dicho el Gobernador del Banco de España en una entrevista tremenda este fin de semana. Como dice un amigo mio, está todo tan mal, que parece ya el año que viene. Si esto es así, ¿por que ser optimista?

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Un vals en el Titanic


         “Estamos bailando un vals en la cubierta del Titanic”, cuentan que dijo un conocido e importante hombre de negocios español en una reunión privada. Y la imagen, aunque facilona, me parece un reflejo tan adecuado de la situación, que he hecho lo que Oscar Wilde recomendaba para evitar las tentaciones: caer en ellas.
         Como todos los grandes sueños humanos, la hazaña del mayor barco del mundo da pie a muchas metáforas. Añadiré dos datos: el Titanic tardó dos horas y cuarenta minutos en hundirse desde que colisionó con el iceberg. Momentos de perplejidad ante lo imposible, dudas sobre sus repercusiones, confianza en la capacidad de las novedades técnicas introducidas en el barco, más perplejidad, nerviosismo, pánico y, al final, resignación ante lo inevitable. Segundo dato, mucho antes de agotarse ese tiempo, ya fue evidente que no había sitio para todos en los escasos botes salvavidas.

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         Si consideramos que la crisis de las hipotecas subprime fue el iceberg con el que chocó ese nuevo Titanic llamado capitalismo financiero internacional, el paralelismo es ¿nos hundiremos? ¿en cuanto tiempo? ¿Quiénes se salvaran?
         Desde esa clave analítica, las nuevas y espectaculares medidas adoptadas esta semana por las autoridades monetarias de Estados Unidos, tipos de interés cercanos a cero y expansión casi ilimitada de la base monetaria, cabría interpretarla como un intento desesperado de lanzar al agua todo lo que flote para agarrarse a ello por si esto se hunde, o para cuando esto se hunda.
         Vengo sosteniendo que en situaciones de grave crisis económica como la que vivimos, hacer lo de siempre, no sirve de mucho. Eso es lo que convierte, ahora, en ineficaz para reactivar la actividad económica el uso de la política monetaria o las rebajas de impuestos. Conseguir que la gente tenga más dinero en sus bolsillos no garantiza que lo gaste, cuando lo que predomina es una fuerte incertidumbre y desconfianza ante el futuro.
         Sin embargo, las nuevas medidas americanas, por su intensidad, parecen dirigidas, también, a desatar una guerra preventiva contra el siguiente, posible y más temible adversario común llamado deflación. Una situación en la que los consumidores aplazan indefinidamente sus decisiones de compra, ante las perspectivas de descensos adicionales de precios y, con ello, reducen el consumo, la producción y el empleo en un autoalimentado círculo bajista de la actividad económica. Por aclararlo más. No se trata de que la tasa de inflación baje (desinflación) sino de que sea negativa, de que los precios evolucionen de manera contraria a como lo hacen en una inflación con una bajada persistente y generalizada en toda la economía, hasta el punto de que deja de ser rentable producir. Y lo peor de todo es que no sabemos cómo salir de una situación como esa que no responde a los incentivos económicos tradicionales por estar más relacionada con procesos institucionales y su capacidad para trasladar confianza a la sociedad. Japón lleva casi veinte años intentándolo, sin éxito.
         Pero además de descorchar todas las botellas del cava monetario, las autoridades americanas han aprobado o anunciado proyectos de estímulo presupuestario por un valor equivalente al 8% del PIB. Más de tres veces el importe de las adoptadas en Europa que, a su vez, es más timorata en el uso expansivo de los instrumentos monetarios.
         Así pues, ante la misma crisis económica mundial, Estados Unidos y Europa empiezan a marcar distancias en las respuestas adoptadas. Posiblemente, no tanto en su dirección, pero si en la intensidad de la misma que es la clave hoy para medir la eficiencia de medidas que, tomadas a medias, no sirven para mucho. Esta brecha puede deberse a una diferente percepción sobre la situación. Estados Unidos parece asumir ya que la colisión ha sido de  tal tamaño que más vale intentar salvar a los más posibles. Mientras, Europa, parece seguir confiando en que el barco no se hundirá porque ya están trabajando el capitán y los técnicos en arreglar la brecha y porque la nueva tecnología con que fue construido permite cerrar los compartimentos anegados y evitar el contagio. Aunque también puede deberse al diferente grado de maduración institucional interno, que establece procesos de toma de decisiones muy distintos. Construir Europa a partir de los estados nacionales puede ser necesario en situaciones normales. Pero es limitativo y perjudicial ante situaciones críticas, sean ayer la guerra de los Balcanes u hoy, la crisis económica. Si a escala internacional es cada vez más denunciable la distancia existente entre la magnitud global de los desafíos y la inadecuación de los mecanismos internacionales de gobernanza, a escala europea, ocurre algo similar. Los acuerdos posibles son siempre de mínimos, cuando lo que la situación requiere son acciones de máximos.
         En España ya podemos intuir lo que es esa deflación que tanto temen, y con razón, los americanos. Me refiero a la actual situación que vive el sector de la construcción de vivienda después de haber tenido momentos insuperables de esplendor. La convicción generalizada de que al exceso existente de oferta solo se puede poner fin mediante un descenso de precios superior al que se está produciendo, paraliza las decisiones de compra. Y bajadas adicionales de precios, con el actual esquema del sector y de sus apoyos bancarios, no son posibles a corto plazo sin provocar una crisis de hipotecas prime concedidas sobre un valor del activo muy superior al que resultaría de ajustarse hoy los precios a la demanda. Todo ello, detiene progresivamente la actividad y el empleo aún más, tras la fuerte caída inicial.
Los efectos sobre la economía mundial de la colisión con el iceberg aún no han acabado. En este momento, todavía desconocemos si aguantarán o no la fuerza del agua determinadas compuertas. La realidad cambia, se mueve rápido y así deben reaccionar nuestros gobernantes. En la buena dirección pero, también, con la contundencia adecuadas. De momento, los americanos van por delante. En Europa, parece que todavía seguimos escuchando la música de la orquesta. Y suena como un vals en el Titanic. Feliz Navidad.
        


Desbordado

No suele pasarme mucho. Afortunadamente. Pero, a veces, me siento desbordado por el mundo. Por el mundo, en general y, también, un poco, por el mío en particular. Será la Navidad, que he tenido que asistir a cuatro funerales en poco tiempo, un reconocimiento a mi labor como Ministro que me ha hecho el sindicato de la función pública CSIF con medalla y cena incluida, o que mis hijos se hacen mayores sin que yo sepa, todavía, lo que quiero ser de mayor. ¿No os pasa?

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No es barra libre

Tengo la impresión de que algo estamos haciendo mal. Concentrados en la búsqueda de soluciones a la crisis, corremos el risgo de que las cosas se nos vayan de las manos porque se nos olvide cuál era el origen del problema. Parece que se está instalando entre algunos gestores privados una idea peligrosa: dejemos que se ocupen los gobiernos de la gestión de la crisis y abandonemos toda responsabilidad social propia.

Quizá ello explique que los créditos a la economía real no se  hayan restablecido de manera proporcional al esfuerzo público que los gobiernos y los bancos centrales han hecho con el sistema financiero para que así sea. Millonarias inyecciones de dinero, descensos significativos de tipos de interés, avales y garantías estatales para préstamos y emisiones: nada parece suficiente para reactivar el mercado interbancario, bajar suficientemente el Euribor o trasladar liquidez a la economía real. No sé si nuestros banqueros y bancarios son conscientes de que cada día que pasa sin que transformen en crédito las ayudas recibidas se incrementan las demandas a favor de su nacionalización, o las sospechas de qeu sus balances no estaban tan saneados como decían. Porque hay empresas y puestos de trabajo en riesgo y porque con la crisis hemos roto algunas de las barreras convencionales de actuación en política eocnómica. Leer artículo completo »


Derechos de los humanos

Parece un milagro, pero hoy hace sesenta años que se firmó la Declaración Universal de los Derechos Humanos en la ONU. Es, sin duda, el punto más alto alcanzado por el proyecto de la Ilustración. Aquel que creía en la capacidad del ser humano para regirse a si mismo en base a los principios racionales de libertad, igualdad y fraternidad. Su defensa, hoy, sigue siendo necesaria.

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La crisis diferencial española

 

Enrique Fuentes Quintana popularizó, a mediados de los años 70 del siglo pasado, el concepto de crisis diferencial aplicado a España. Intentaba explicar con ello el hecho de que nuestro país mostraba unos niveles de paro y de inflación muy superiores a la media europea, a pesar de que to­dos estábamos siendo golpeados por la misma crisis petrolífera internacional. La peculiar cir­cunstancia de que vivíamos, junto a los proble­mas económicos, una peculiar transición política explicaba una parte de la diferen­cia. Pero no toda. Conocer nues­tras peculiaridades era y es muy importante para ajustar una polí­tica económica específica.
Estos días, está volviendo a resurgir el concepto diferencial de nuestro país. Daría la impresión de que el «España es diferente» creado por Fraga cuando fue mi­nistro de la cosa con Franco es utilizado, ahora, por los fraguis­tas de la oposición no tanto como elemento de orgullo patrio o eslo­gan turístico, ni tan siquiera para buscar soluciones concretas, sino como arma arrojadiza para de­nunciar presuntas culpabilidades gubernamentales.More...
Lo cierto es que en las últimas décadas el desempeño económi­co de España ha marcado diferencias con los países de nuestro entorno. Sigue siendo verdad que los ciclos económicos son más acusados aquí que en el resto. Cuando va bien, nos va mucho mejor, pero cuando va mal, tam­bién empeoran más nuestras cosas. Encontrar una explicación a algo que se detectó hace ya 30 años, aunque se haya ido modificando con el paso del tiempo, y que requiere actuaciones com­plementarias o distintas de las aplicadas por la Unión Europea, es una tarea útil que debería trascender los rifirrafes políticos del momento.
Encontrar las causas objetivas y racionales de esa diferencia española nos conviene a todos. Aunque signifique reconocer que cuando crea­mos más empleo que la media europea no es gra­cias al Gobierno de turno, así como cuando se in­crementa más el paro, tampoco es por culpa del Gobierno del momento.
No son pocos los economistas españoles que se han dedicado a esta tarea en los últimos años. Gracias a ellos poseemos un conocimiento de nuestra estructura económica, sus variables y condicionantes muy elevado, aunque, desgracia­damente, parece que se ha quedado en los ámbi­tos académicos y de investigación. De entre lo que el consenso de economistas sabe quisiera destacar dos líneas explicativas de nuestros fac­tores diferenciales.
Primera línea, partimos de un atraso relativo. Es evidente que nuestro país ha recorrido un gran trecho económico en muy poco tiempo. De tener la consideración internacional de país en vías de desarrollo a ser la octava potencia econó­mica mundial, han transcurrido apenas tres dé­cadas. Ese esfuerzo de rápido crecimiento econó­mico genera, necesariamente, tensiones muy fuertes en nuestra oferta productiva, así como en la demanda agregada. Sobre todo, si ha venido acompañado de un proceso de apertura externa sin precedentes, asociado a nuestro ingreso en la Unión Europea pero, también, al intenso periodo de globalización experimentado por la economía mundial. Mejorar nuestra renta per cápita tanto, en tan poco tiempo, genera tensiones de deman­da que se traducen en mayores presiones infla­cionistas ante un aparato productivo que no pue­de responder a la misma velocidad a pesar de las importaciones crecientes. Esta mejora requiere, además, un incremento acelerado del stock de capital público (carreteras, AVE, etc) y de servi­cios públicos (educación, sanidad…) cuya provi­sión presiona sobre los presupuestos. La dinámica se acelera cuando entramos en el euro, en una doble dirección. Por una parte, cobi­jarnos bajo un paraguas más grande permite abaratar la financiación de la economía y acele­rar la modernización productiva y social. Por otra, la tendencia a igualarnos al alza con los demás países del euro en precios, salarios y gasto social introduce una tensión adicional sobre las condiciones monetarias y presupuestarias de nuestra economía.
Una segunda línea explicativa del hecho di­ferencial español consiste en constatar que te­nemos una estructura económica con mayor peso relativo en sectores estacionales e intensi­vos en mano de obra como la agricultura, el tu­rismo ola construcción, así como, también, una elevada concentración en otros sectores indus­triales maduros (automóvil, textil …). Ello con­diciona las necesidades del mercado laboral, hace más difícil la extensión de la I+D+i y nos convierte en muy vulnerables a las variaciones cíclicas de la actividad económica internacio­nal, tanto al alza, como a la baja.
Sin embargo, la suma de todo ha generado un dinamismo social envidiable que hace de España uno de los escasos países en los que la idea del cambio, de que el mañana no será igual que el ayer, se incorpora con normalidad como un valor positivo. Como una oportunidad más que como un riesgo, porque así ha sido para nosotros en las úl­timas décadas.
¿Cómo gestionar todo esto en la actual crisis depresiva de la eco­nomía? Debo reconocer que el re­ciente debate parlamentario no ha sido demasiado esclarecedor. To­dos estamos de acuerdo en la ne­cesidad de garantizar que no falte liquidez en los mercados, de inter­venir en defensa de la solvencia del sistema financiero y de utilizar el activismo presupuestario para mitigar los efectos de la crisis y, eventualmente, reactivar la eco­nomía sin abandonar las políticas sociales.
Los factores diferenciales señalados se dejan ver ya en el acelerado deterioro del mercado laboral y en su consiguiente efecto negativo sobre las cuentas públicas. En nuestro caso, además, la realidad específica descrita hace que se consiga un mayor impacto positivo sobre la actividad económica en situaciones excepcionales como ésta mediante un incremento del gasto público –como el anunciado por el presidente–, que con rebajas impositivas como las pedidas por la opo­sición, cuyo traslado reactivador al consumo es reducido en épocas de gran incertidumbre, como hemos visto con los 400 euros.
Lo que se sigue echando en falta es un am­plio consenso entre las fuerzas políticas y so­ciales que ha sido, también, uno de los princi­pales rasgos diferenciales de la situación es­pañola desde los Pactos de la Moncloa impul­sados, por cierto, por el mismo Fuentes Quin­tana con el que empezábamos el artículo, y del que se cumple apenas un año de su fallecimiento.



 

 


LAS CUATRO REGLAS

El ataque terrorista a Bombay, los muros que en Bagdad separan a unas comunidades de otras, los choques religiosos en Nigeria, pero también el conflicto de Bolivia, las matanzas en el  Congo y los piratas de Somalia son ejemplos de lo que ocurre cuando la convivencia pretende basarse en algo distinto de la Razón. Ello sólo lleva a enfrentamientos y matanzas sin fin. Hay que volver a las cuatro reglas de la época de la ilustración si queremos construir sociedades vivibles de acuerdo con algún patrón ético, distinto de la ley del más fuerte.

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