Archivo de Septiembre de 2009

El (imposible) Gobierno de uno. (Publicado en Mercados de El Mundo)

No hay asunto complejo que tenga una solución simple. Y hoy, casi todos los problemas importantes acumulan tal nivel de complicación que en su resolución hace falta la colaboración activa de varios agentes sociales porque nadie puede resolverlos por si solos.
Ningún gobierno, ningún país o ningún partido pueden hacer frente en solitario al cambio climático, a la lucha contra el hambre mundial o a las consecuencias de la crisis financiera internacional, por citar tres de los asuntos que se han tratado esta semana en la reunión de la ONU y en la posterior del G-20. La magnitud y características de las dificultades que están condicionando de forma decisiva nuestro devenir cotidiano están fuera del alcance resolutivo, incluso, de las grandes superpotencias mundiales, haciendo inexcusable la búsqueda de espacios de cooperación para aunar esfuerzos, compromisos y medidas colectivas, aunque se apliquen luego de manera individual. More...
La gobernanza democrática de cuestiones de tal complejidad global deja obsoletos antiguos debates entorno a los liderazgos internacionales. Así lo ha reconocido Obama al subrayar la necesidad de una responsabilidad compartida, como traslación internacional de su “juntos podemos”.
Los expertos en la Gran Depresión de los años treinta del siglo pasado insisten en que un factor explicativo de su larga duración fue la ausencia precisamente de un país líder que marcara el camino a seguir en un mundo en que la balanza del poder estaba oscilando entre un Imperio Británico que moría y un imperialismo norteamericano que bostezaba. Hoy, el principal obstáculo a la gestión de los asuntos trascendentes es que, sencillamente,  no es posible el gobierno solitario de uno, por muy poderoso que sea o se crea y, a pesar de ello, no hemos sido capaces, todavía de articular de manera eficaz lo que podríamos llamar el gobierno colectivo de las cosas. La ONU claramente no lo es, como tampoco las instituciones nacidas del acuerdo de Bretón Woods y, desde luego,  tampoco lo es un club informal de poderosos, como el G-20.
 Esta importante carencia institucional y administrativa añade una dificultad adicional en la medida en que demora las soluciones a los problemas o, cuando se encuentran, no existen mecanismos que garanticen su aplicación efectiva. Lo podemos ver, por ejemplo, en los compromisos de reducción de emisiones de CO2 alcanzados en Kyoto, que necesitan ser revisados a finales de año en la Cumbre de Copenhague o en cómo se va enfriando el impulso inicial, refundador del capitalismo, conforme va pasando lo peor de la crisis y regresan, poco a poco, las aguas a sus cauces de siempre.
Sin una cooperación activa de todos los países y sin mecanismos de seguimiento, control y sanción, es difícil lograr acuerdo y cualquier acuerdo alcanzado corre el riesgo de ser parcial y, por tanto, inútil para hacer frente a asuntos que no admiten las medias tintas. Esto afecta de manera decisiva a la forma en que se gobierna y, por tanto, a la forma en que se debe hacer política en el mundo de hoy. Los gobiernos deben ser, cada vez más, agentes catalizadores del esfuerzo colectivo, que ejercen un liderazgo relacional aunando participaciones distintas, de otros gobiernos, de otras administraciones, de otros agentes sociales, entorno a un proyecto de futuro común, capaz de ilusionar y movilizar a una mayoría plural, organizada.
En el ámbito nacional, tampoco funciona el gobierno de uno ante problemas complicados que exigen determinadas dosis mínimas de solución para ser efectivos, que solo se pueden alcanzar mediante el compromiso de varios. En ese sentido, por ejemplo, resulta sorprendente que acudamos a buscar la cooperación de gobiernos de otros países para luchar juntos contra la crisis económica en las reuniones del G-20 y, en cambio, no se haya convocado todavía con el mismo fin una Conferencia de Presidentes para poner en común con las Comunidades Autónomas los esfuerzos de las distintas administraciones competentes que existen en España. O que hayamos sido capaces de demostrar capacidad de diálogo y acuerdo entre diferentes partidos y administraciones a la hora de hacer frente a la pandemia que representa la gripe A y no hayamos desplegado el mismo esfuerzo y capacidad para aunar voluntades en otros asuntos colectivos no menos importantes como los relacionados con la pandemia del paro.
  Un breve repaso prospectivo sobre aquellas cosas que están afectando o van a afectar de manera más decisiva a nuestra forma de trabajar, consumir o vivir, nos deja como conclusión, además, que los esfuerzos gubernamentales y administrativos, aunque determinantes, son insuficientes por si solos para su resolución. Podemos aprobar una Ley de Igualdad o medidas de conciliación de la vida personal y laboral pero sin la colaboración activa de empresarios y trabajadores su potencia transformadora se agotará lentamente en el camino. Y lo mismo sucede con las políticas de integración de discapacitados, o de ahorro energético, o de promoción del talento humano o de separación de basuras para facilitar su reciclaje. La interacción entre responsabilidad individual y colectiva, entre público y privado, entre gobierno y gobernanza ha sufrido tales cambios en las nuevas realidades sociales que convierten en obsoletos e inútiles viejas formas de gestionar la cosa pública, ciertas maneras de hacer política según categorías esteriotipadas. Cuando uno solo no puede, se tiene que producir un salto cualitativo en las instituciones, actitudes y comportamientos, que permita la participación, colaboración y corresponsabilidad de los otros, de aquellos en cuyas manos, también, se encuentran trozos de la solución a los problemas. Entramos entonces en una dimensión de la participación que trasciende el restringido diálogo social entre sindicatos y empresarios, pero que vigoriza y legitima todavía más al sistema político democrático que, en ausencia de ello, languidece entre confrontaciones ininteligibles, ineficacia resolutiva e indiferencia de unos ciudadanos que ven como se acumulan, sin resolver, sus problemas cotidianos. Ese es hoy, el tema de nuestro tiempo: no tanto lo que nos pasa, sino cómo gestionamos lo que nos pasa. Y ahí, cualquier autocrítica se queda corta porque, crean me, estamos muy lejos de la perfección.


Dias de presupuestos y aborto.

Hay días en que los Gobiernos como que hacen limpieza de leyes atascadas y las aprueban a pares. Como hoy. Recuerdo una película en que los conceptos de vino y rosas se combinaban para acompañar una triste historia de amor y derrota. Pero no acabo de encontrar la ligazón entre la Ley de Presupuestos y la del Aborto, salvo por aquello del marco conceptual lingüistico de Lakoff que tantos problemas nos está trayendo. Parecería que cada Proyecto de Ley necesita del apoyo del otro para fortalecer un discurso conjunto emocionalmente “progre”. A mí, que debo ser muy raro, no me gusta lo que se conoce de los Presupuestos y sí apoyo la modificación del aborto. ¿Será por eso que van juntos, porque somos muchos los raros?.

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El debate de los impuestos. (Publicado en Mercados de El Mundo)

        Esta vez ha sido el Gobierno quien ha lanzado un debate importante sobre la subida de impuestos, para el que no estaba preparado más allá de algunos escorzos. Con ello ha sumido al país en la incertidumbre y, de nuevo, en una supuesta confrontación de principios, aunque como todo está en estudio y revisión, igual acabamos en que la montaña pare un ratón.
Antes de que se presenten los Presupuestos, que son las matemáticas de la política donde no caben los eslóganes, quiero contribuir, otra vez, a ese debate, intentando huir del  arbitrismo tan nuestro de pensar que con un retoque de la base aquí, una subidita del marginal allá y una deducción acullá, ¡voila! El milagro acontece.More...
Los impuestos cristalizan las diferentes ideas existentes sobre la justicia social y la naturaleza de los vínculos que nos unen. El acuerdo mínimo está en la Constitución que dice que todos los españoles (incluso esos que parecen preferir entregar su sangre por la patria antes que su dinero) tienen el derecho y el deber de contribuir a las cargas generales del Estado, en función de su capacidad de pago. Es decir, tenemos la obligación constitucional no solo de pagar impuestos, sino de una cierta manera. Por tanto, quienes piensan que el mejor impuesto es el que no existe (no digamos, el que no se paga), atentan contra esa Constitución que dicen defender tanto. Es claro que dentro de ella existe amplio margen para practicar distintas políticas tributarias, pero teniendo claro tres cosas: son el fundamento de los derechos (libertad); hacerlo de manera progresiva, lo que afecta al peso relativo entre impuestos directos e indirectos, es solidario (igualdad) y exigir impuestos obligatorios, en democracia, fortalece la cohesión nacional (fraternidad). No es cierto, pues, que solo el gasto público deba concentrar las políticas redistributivas.
El impacto de los impuestos sobre la conducta y las decisiones de los ciudadanos y empresas es objeto de amplia discusión entre los expertos, sin que un consenso basado en evidencias empíricas concluyentes haya sido posible hasta la fecha. Mi impresión, no obstante, es que para que una medida tributaria tenga impacto modificando alguna conducta o decisión tomada, debe ser de gran magnitud y persistencia. Resulta difícil defender que alguien se haya comprado una vivienda, o haya efectuado determinada inversión o contratación, gracias a  la existencia de una ayuda fiscal. Antes bien, se toma la decisión por otras razones y luego, intentamos optimizarla aprovechando el catálogo disponible de beneficios tributarios. Así, se abarata el coste de ciertas decisiones, pero difícilmente podremos inducirla. Si esto es así, buena parte del debate tributario se agota en piruetas académicas (como la curva de Laffer) y la mayor parte de los gastos fiscales que en forma de deducciones y desgravaciones se aplican, no resisten el menor análisis de utilidad real.
Con todo, el debate menos frecuente y más interesante es, sin duda, el de la legitimidad. El Estado extrae recursos a los ciudadanos de manera obligatoria para atender necesidades sociales. En democracia, para poder hacerlo de manera legítima tiene que atender a tres principios: que todos paguen, que lo hagan en función de sus posibilidades y que se demuestre que esos recursos se gastan bien, en políticas conocidas y eficaces que consiguen los fines previstos y anunciados. Y aquí es donde venimos fallando como país desde hace mucho tiempo.
En primer lugar porque no todos pagan. No me atrevo a cuantificar el volumen actual de fraude fiscal en España, pero no es una cifra menor que, en todo caso, genera una gran injusticia entre unos ciudadanos y otros. En segundo lugar, no todos pagan lo que debieran. Y, en la mayoría de los casos, de forma legal. Cuando la Vicepresidenta económica declara que en España, los ricos no pagan IRPF, no habla de fraude. Se está refiriendo a una optimización o elusión fiscal permitida por la normativa pero que tiene como efecto que los impuestos directos se hayan convertido cada vez más en impuesto sobre las nóminas, más que sobre la renta. Si a ello unimos que los ingresos ganados con el esfuerzo, con el trabajo, están peor tratados que los provenientes del capital o el patrimonio, se genera una segunda gran injusticia contra aquellos cuya parte principal de la renta anual,  proviene del trabajo personal. Por último, el hecho de que no exista en nuestro país una cultura de evaluación del gasto público desde el punto de vista de la eficacia del mismo (a pesar de que se creo la Agencia de Evaluación), permite incrementar presupuesto tras presupuesto, partidas de gasto público cuantiosas cuya utilidad social es discutida y cuya pertinencia a la hora de resolver los problemas que dicen atender, es discutible. Aún hoy resulta imposible saber cuantas personas están cobrando las ayudas de la Ley de la Dependencia y cuantas más tienen derecho a hacerlo y el próximo debate presupuestario versará sobre “cuánto” se gasta el Estado, pero no sobre si lo gasta bien, cumpliendo objetivos, de manera eficaz. Reducir el fraude, reequilibrar la tributación de todas las rentas sea cual sea su origen e incrementar la transparencia y evaluación del gasto público deberán formar parte de las decisiones del Gobierno si quiere reforzar la legitimidad de nuestro sistema tributario fortaleciendo su equidad, en vez de mediante el asunto de subir o bajar impuestos, o todo lo contrario.
Y luego, claro, está el tema del momento, de la coyuntura económica. Honestamente, no se si con la perspectiva de un 2010 todavía en recesión y con el paro creciendo, es el mejor año para detraer del circuito nacional de dinero, 15.000 millones de euros que no van a salir de unos bolsillos privados para financiar nuevas políticas públicas anticrisis sino que parece que van a reducir el déficit público es decir, a esterilizarse.  Eso sería ir contra el G-20 cuando propugna mantener todavía el impulso presupuestario anticíclico y no eliminarlo de manera prematura. Pero ese es otro debate, que deberá ser abordado en otro momento.


Cuando uno solo, no puede.

Hay cosas que uno solo, no puede hacer. Otras, en las que aún pudiendo, salen mejor si se hacen entre varios. Cada vez más, los retos cruciales a los que tenemos que hacer frente como sociedad son del tipo, “uno solo no puede”. Ni un pais solo, ni una administración sola, ni un partido solo, ni mucho menos, una persona sola, pueden abordar la crisis mundial, el cambio climático, la amenaza de las “identidades asesinas” o los problemas del envejecimiento. Entonces, hay que sustituir la épica del “nosotros contra ellos” por la eficacia del “juntos podemos”.

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El mundo ha de cambiar de base. (Publicado en Mercados de El Mundo)

Ahora va y resulta que la recuperación del capitalismo mundial va a venir de la mano de uno de los pocos países comunistas que siguen existiendo: China. La teoría marxista de las crisis económicas, una de las más sólidas explicaciones de este fenómeno recurrente, tiene un punto débil, no menor, en su predicción de que las crisis en el capitalismo irían subiendo de intensidad hasta llegar a una tan gorda, que derrumbaría el sistema, siendo sustituido por el socialismo. Leer artículo completo »


8 dias y 7 noches.

Gracias. A todos. A los amigos y a aquellos a los que no conozco pero que sin embargo os habeis sentido con ganas de enviarme mas de doscientos comentarios.La mayoría, de cariño, otros, de discrepancia y, aún otros, con intención de utilizarme para criticar al Gobierno y al Psoe. Así es la democracia. Ese maravilloso sistema en el que hemos aprendido a vivir juntos y trabajar juntos personas que no opinamos igual sobre todas las cosas. Ciudadanos que tenemos mucho en común y otras cosas sobre las que discrepamos, con un mecanismo pacífico para arbitrar las diferencias: la Constitución, cubre lo común y el mecanismo para resolver discrepancias. Por eso, también, los procedimientos son importantes y, a veces, la forma es el fondo. Gracias a todos por la forma de vuestros comentarios y, como no, por el fondo.
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Estamos, casi, tocando fondo. Publicado en Mercados de El Mundo

Parece que nuestras autoridades están abordando los supuestos brotes verdes que, como el ángel renacentista, anunciarían la deseada recuperación económica, con mayor prudencia que cuando hace dos años se debatía la existencia o no de la crisis. Y no es para menos. Con independencia de lo que haga la Bolsa, que parece ir cada vez más a su bola, demostrando que sigue habiendo mucha gente con liquidez, y de la evolución de algunos indicadores escasamente representativos, llevamos en España cuatro trimestres, un año, en la mayor y más larga recesión de nuestra historia. Acompañada por seis meses consecutivos de caída de precios y un crecimiento preocupante del paro. Mientras tanto, el desempeño de los otros países del euro e incluso de la OCDE, está siendo mucho mejor que el nuestro ante problemas similares. Leer artículo completo »


Punto y aparte

 

Hoy presento mi renuncia al escaño parlamentario. Después de veinticinco años trabajando en la función pública y en la actividad política, inicio una nueva etapa vital y profesional en el sector privado. Se trata de una opción estrictamente personal, largamente meditada y madurada. Tras casi diez años representando a la soberanía popular, abandono el acta de diputado, con la que he tenido el privilegio de ser Portavoz de Economía en la oposición, Ministro del Gobierno de España y, ahora, Presidente de Comisión, manifestando mi agradecimiento a todos los que me han permitido desarrollar estas tareas. Leer artículo completo »







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