Archivo de Abril de 2010
Mientras estamos preocupados por Grecia y su posible efecto contagio, Madoff está en la cárcel, Goldman Sach acusado de fraude, Lehman quebrado, Citigroup nacionalizado y otros, devolviendo las ingentes ayudas públicas que les permitieron mantenerse de pie tras el hundimiento.
Si hay millones de parados, pérdidas cuantiosas de riqueza, fuerte incremento de la deuda pública y unas perspectivas inmediatas de reactivación que el FMI sitúa entre escasas e irrelevantes, no es por que haya fallado lo público, la regulación de los mercados y el Estado del Bienestar, sino más bien porque se había impuesto una alternativa que combinaba una economía de casino, un capitalismo desvergonzado, junto a fraudes y abusos sistemáticos, recubiertos de principios liberales (“fuera las manos estatales, que la mano invisible del mercado lo arreglará todo”).
No son los principios de gestión del capitalismo actual encerrados en el llamado consenso socialdemócrata los que han provocado esta crisis. Como tampoco ha venido de la mano del intento de autorregular una alternativa entorno a propuestas como la Responsabilidad Social Corporativa, los Códigos de conducta empresarial, normas de buen gobierno en las empresas, etc. que Aldo Olcese ha resumido bajo la expresión de “capitalismo humanista”.
El hecho de que ambas opciones la socialdemocracia y el liberalismo humanista, hayamos perdido una batalla frente a la “codicia, engaño y fraude” de gente sin escrúpulos que han montado un sistema de incentivos perversos, manejando con desparpajo principios supuestamente liberales que vulneraban cuando les convenía, no significa que no tuviéramos razón. Es más, la experiencia de la crisis debería avalar la vigencia de un discurso que recupera la sensatez del equilibrio entre estado y mercado junto a la exigencia de principios de gestión privada que resalten que una empresa es algo más que un conjunto de accionistas unidos por la maximización de beneficios a corto plazo: sin Estado no hay mercado, sin competencia no hay eficiencia.
De eso iba, según entendimos todos, la necesaria refundación del capitalismo que propuso Sarkozy. Pues bien, año y medio después de la quiebra de Lehman Brothers y más de dos desde el estallido de las subprime, la agenda reformista está atascada. Al menos, en Europa, como hemos visto esta semana en la reunión del ECOFIN en Madrid. Ni supresión de los paraísos fiscales, ni cambios sustanciales en la regulación que impidan las prácticas arriesgadas que nos han traído aquí (están volviendo a ganar dinero con ellas), ni tasas preventivas a las entidades financiera, ni recuperación ética de los valores de una empresa socialmente responsable. Más bien, lo contrario. Vivimos la reconstrucción de las peores prácticas pasadas, entre ataque al Estado, el déficit y a la deuda pública, a los políticos, a los valores de la ética en la gestión económica de las empresas, relajación en las normas, por ejemplo, de control de emisiones de CO2.
En España, la crisis estalla en un momento en que la deuda del sector privado, según el servicio de estudios del despacho Solchaga&Recio, alcanzó el 170% del PIB. Mientras, el sector público tenía superávit y una deuda pública por debajo del 60%. Todavía hoy, y a pesar del fuerte incremento en la tasa de ahorro de unos y de déficit de otro, las familias españolas (sin empresas) deben más dinero que el Estado. Cuando, además, el incremento del endeudamiento público se ha debido en su casi totalidad a los efectos de la crisis económica (reducción de ingresos, incremento de gastos) plantear el debate como si nuestro problema principal como país fuera el Estado por su mala gestión, me parece algo más que errar el tiro.
Necesitaremos también valores y principios para salir de la crisis. Para orientar el crecimiento. Para demostrar que algo hemos aprendido de los fallos del modelo anterior. Para consolidar mayorías sociales entorno a una narración que explique los sacrificios necesarios, a partir de un reparto equitativo de los mismos, donde pague más quien más ha contribuido a generar esta crisis que no ha sido motivada por demasiado estado sino por demasiada desregulación no controlada.
Y esos valores éticos los tenemos que encontrar en una socialdemocracia templada dispuesta a transar con los defensores de un capitalismo humanista. Una socialdemocracia dispuesta a seguir defendiendo sus principios pero a modificar sus instrumentos para adecuarlos con la nueva realidad. Convencida de que la única alternativa justa a los recortes salvajes del gasto público y de los derechos sociales, es el reformismo activo e inteligente. Sabedora de que el estado de bienestar del siglo XXI no podrá ser una prolongación matizada del que se construyó a mediados del siglo pasado. Demasiadas cosas han cambiado. Incluyendo algunas tan positivas como el envejecimiento de la población o la inmigración masiva y otras irreversibles como la globalización, el cambio en la cadena de valor añadido que afecta a la manera de producir, o los efectos del cambio climático que alteran la manera de vivir y entender nuestra relación con la naturaleza. El inmovilismo no es una opción entre el recorte o las reformas.
Todo ello, sin olvidar el núcleo duro que justificó el surgimiento del discurso socialdemócrata: intervenir con instrumentos públicos para incrementar las opciones de libertad real para todos, garantizando una igualdad de oportunidades que no desincentive el esfuerzo individual pero tampoco deje a nadie que lo necesite sin ayuda y, todo ello, financiado por todos de acuerdo a criterios de equidad como el que señala nuestra constitución: contribuye más el que más tiene.
Ante el fracaso del liberalismo salvaje, ese es el discurso de principios que nos permitirá salir mejor y más pronto de la recesión. Pero la sociedad actual ya no vive de declaraciones enfáticas en mítines que se olvidan luego en las reuniones de ministros europeos. Hay que “pasar al acto”, mediante hechos reformistas que transformen la realidad real: en el mercado laboral, en el sistema de pensiones, en la atención sanitaria, los paraísos fiscales, los impuestos o las reducciones de emisiones. ¿Esta la socialdemocracia europea prepara para ello? Tengo dudas, mezcladas con esperanza. En todo caso, siempre nos quedará Obama.
He decidido no acudir a la manifestación “Contra la impunidad del Franquismo” y no por que esté a favor de dicha impunidad, sino por que me niego a formar parte de la sistemática confrontación social permanente en la que nos quieren meter. Todo parece que tiene que ser a favor, o en contra. De Garzón, del pacto educativo, de las medidas de Zurbano, del Estatuto de Castilla la Mancha, del Tribunal Constitucional, de la reforma laboral, la energía nuclear, ¿sigo?. Todo, todo bajo el mismo esquema: “O CON UNOS, O CON OTROS”, sin matices, sin terminos medios, sin medias tintas. CUANDO LA DEMOCRACIA SON LOS GRISES, LAS MEDIAS TINTAS, LOS PUNTOS DE EQUILIBRIO Y DE ACUERDO. Siempre buscando culpables antes que soluciones. Deslizandose de forma peligrosa e irresponsable hacia una CONFRONTACION SOCIAL PERMANENTE, otra vez hacia las dos Españas, una de las cuales ha de helarnos el corazón. ME NIEGO A ECHAR POR LA BORDA LA TRANSICIÓN Y EL ESPIRITU CONSTITUCIONAL. Sin duda, soy un tibio. Es el problema de la razón. Que nunca la tiene toda, una parte.
Mientras las autoridades americanas inculpaban a Goldman Sachs por prácticas fraudulentas que condujeron a la actual crisis, se ha reunido en Madrid el ECOFIN, Consejo Europeo de Ministros de Economía y Finanzas. Decepción. Táctica del avestruz: lo de Grecia, sin problemas, no necesitamos más coordinación presupuestaria, no hace falta poner una tasa a los bancos para que paguen futuras crisis, la recuperación está a la vuelta de la esquina. ¿En qué pais viven? ¿que periódicos leen? ¿con quien hablan además de con los banqueros? Cada vez se entiende mejor por que las encuestan colocan a los politicos como uno de los principales problemas. La cosa es que parece que no se enteran porque en la Arcadia feliz en que viven, no llega el grito de los parados.
Desde que el Gobierno hizo públicos sus guiones ya podemos hablar de la reforma del mercado laboral sin vernos arrojados a los infiernos. Es verdad que, con o sin beneplácito, no existe otro problema de nuestra realidad económica actual que haya suscitado tanto debate: la elaboración de dos manifiestos contrapuestos capaces de agrupar, entre ambos, a más de 700 profesionales, varios pronunciamientos del Banco de España y su gobernador, y otros del Fondo Monetario. Leer artículo completo »
¿Mercado o estado? Dos visiones contrapuestas sobre una crisis
Jordi Sevilla | Lorenzo Bernaldo de Quirós
Colección COLECCION DEUSTO
Dos visiones de una misma crisis. Dos visiones antagónicas y discrepantes sobre las causas y las soluciones de un problema mayúsculo. Un economista liberal que aboga por el mercado y otro economista socialdemócrata que cree en el estado. Dos intelectuales de referencia que contraponen en este libro sus ideas sobre quién nos metió en el desaguisado que vivimos y qué soluciones son las que nos sacarán de él.
A demás de tener dos visiones sobre la misma crisis, primero tiene una vision de la crisis mundial, escrita por Jordi Sevilla, siguiendo por la opinión sobre esta de Bernaldo de Quirós y después encontraremos la visión de Bernaldo de Quirós sobre la crisis en España y cerrando el libro la opinión de Jordi Sevilla sobre el tema en nuestro país.
Todos los seguidores de las películas de James Bond sabemos que siempre toma el martini “agitado, pero no revuelto”. Las medidas de política económica pueden también agitarse, pero no deben revolverse, para que cada una mantenga su sentido aunque estén inscritas en una estrategia global para hacer frente a nuestro problema principal: cómo recuperar competitividad internacional. Las últimas cifras conocidas de la economía española no llaman, precisamente, al optimismo. Con el paro todavía aumentando, incertidumbres sobre el futuro, un sector financiero herido por el fuerte ladrillazo recibido y una acuciante necesidad de que familias, empresas y Estado devuelvan los excesos de crédito con los que hemos financiado el crecimiento anterior, los motores de nuestro crecimiento están gripados o sólo se pueden situar a muy largo plazo. Por tanto, la necesidad de hacer algo, tan sensato como urgente, es obvia.
Sin embargo, no podemos confundir una sucesión de medidas revueltas con una estrategia de salida para la recesión que exige conseguir dos grandes objetivos: introducir confianza en la actuación de los agentes económicos privados y adaptar al conjunto del sistema económico a la nueva realidad de ser más pobres tras la crisis y con mayores problemas de competitividad. Lo primero requiere un Plan conocido, pactado y sostenido, mientras que lo segundo exige medidas sociales que hagan más justo el reparto de los costes de la crisis así como explorar cambios productivos que consigan rebajar costes no salariales en un contexto que no permite hacer una devaluación de la moneda, pero tampoco rebajar las exigencias medioambientales o laborales ya conseguidas.
Con la publicación, esta semana, de unos datos sobre el comportamiento de las familias españolas, descubrimos que ahorrar mucho puede ser tan perjudicial para la marcha de la economía como consumir en exceso. Según el INE, durante el año pasado los hogares dispararon su tasa de ahorro un 6%, hasta situarla en máximos históricos cercanos al 19% de la renta disponible, reduciendo, con ello, su gasto en consumo un 5,5%. En el fondo, esa fue la visión de Keynes, en torno a la cuál se permitió darle un vuelco al conjunto del saber económico de la época: si todo el mundo ahorrara toda su renta – exagerando lo que predica el saber conservador tradicional-, nadie consumiría, nadie vendería, nadie fabricaría, nadie trabajaría, nadie ingresaría renta porque dejaría de haberla.
Además, teorizó que en momentos de crisis, con el paro creciendo y con profundas incertidumbres sobre el futuro, los particulares ahorran por temor, por precaución, agudizando, con ello, el ciclo bajista de la depresión. Por eso hace falta que intervenga el Estado, cuya lógica de inversión y consumo es distinta y puede ayudar a mantener la demanda agregada y el empleo. Todo el edificio keynesiano se sustenta en haber percibido que en épocas de crisis, se rompen las dos identidades básicas sobre la que se construye la economía académica tradicional: la renta de un país o se consume o se ahorra y el ahorro es igual a la inversión. Esta segunda salta por los aires en momentos de incertidumbre (se ahorra, pero no se invierte) y, además, cuando, gracias a la globalización y a las nuevas técnicas bancarias, los mercados mundiales de capitales separan, todavía más, el momento y el lugar del ahorro, del momento y el lugar de la inversión. Si los particulares, durante las crisis, ahorran pero no invierten, el ciclo de la renta se rompe, salvo que introduzcamos inversión y consumo público.
Cuando esto ocurre, como ahora en España, las estrategias de política económica orientadas a salir del bache tienen que verse afectadas. Mientras duren esas circunstancias, una estrategia conservadora centrada en rebajar impuestos y recortar el gasto público sería un error contraproducente. Si las familias tienen más renta disponible consecuencia de las rebajas impositivas, pero la misma desconfianza ante el futuro, ahorrarán todavía más y ese dinero adicional no ayudará a reactivar la economía. Además, si el gasto público que es el único elemento dinámico que mantiene el crecimiento de la demanda agregada se reduce, caerá adicionalmente la actividad económica. En esas condiciones, según defiende el Fondo Monetario Internacional, la prioridad reactivadora debe depositarse en el gasto público, tanto a través de los llamados estabilizadores automáticos como mediante decisiones inversoras discrecionales sean el Fondo Municipal o el nuevo Plan de Infraestructuras, cuyo esquema de financiación público-privado recuerda al llamado modelo alemán que utilizó el PP por sus efectos contables sobre el déficit público y refuerza la idea de que no hay incompatibilidad entre gasto público e inversión privada, como dice el pensamiento conservador al hablar de “efecto expulsión”, sino que suele haber complementariedad: el gasto público puede ser beneficioso, también, para las empresas privadas.
Si este activismo presupuestario excepcional, que incrementa el déficit y la deuda, tiende a perpetuarse o se exagera su dimensión como ha ocurrido en Grecia, estamos ante otro tipo de problema que poco tiene que ver con la coyuntura de crisis y más con la propia estructura de los impuestos y del gasto público en cada país.
Una estrategia de salida para la recesión requiere, por tanto, no recortar gasto público, mantener los apoyos presupuestarios puestos en marcha hasta que la recesión empiece a desaparecer y, sobre todo, un programa ambicioso de reformas y transformaciones en torno al que agrupar a una amplia mayoría social y política del país que ayude, además, a transmitir confianza a los ciudadanos y a los mercados. Pero, sobre todo, una estrategia de salida para la recesión, como una buena paella, no puede hacerse teniendo la sartén en un sitio, el fuego en otro, el arroz en otro, la carne en otro y las verduras todavía en otro y, además, en días distintos. O se pone todo junto y a la vez, o lo que salga no será comestible, aunque contenga todos los ingredientes de la receta valenciana. Urge, pues, definir un programa de crecimiento y competitividad, con cada cosa en su sitio. Como el martini de Bond, James Bond: agitado, pero no revuelto.
Decir que el CASO CORREA no es financiación irregular de un Partido, como sí lo fué el caso Filesa, me parece arriesgado porque en ambos se imputa a personas (de momento, más en Correa que entonces en Filesa) y, en ambos, PRESUNTAMENTE todavía en el caso Correa, se ha financiado irregularmente actos de partido, con dinero procedente de empresas que dependen de concesiones administrativas decididas por el partido beneficiado, PRESUNTAMENTE. Pero, sobre todo, me parece un error ese recurso a la estrategia de: EL OTRO ES PEOR, como principal argumento político para convencer a la gente.
Dicen que el mayor triunfo del diablo es convencernos de que no existe. De igual manera, uno de los mayores éxitos del capitalismo es habernos (casi) convencido de que su lógica económica responde perfectamente a la naturaleza humana siendo, por ello, el “modo natural” de organización de la sociedad. Tras la quiebra moral y material del comunismo, se ha quedado sin alternativas globales lo que ha arrastrado al basurero de la historia no sólo cualquier intento de organizar la economía sobre bases diferentes, sino, incluso, aquellas propuestas de reforma profunda del mismo que, sin alterar su “esencia”, permitieran una “presencia” más acorde con principios éticos de justicia social.
Hoy, después de que cierto capitalismo de casino nos haya llevado a la mayor crisis económica de los últimos setenta años, incluso las propuestas de refundación efectuadas por un líder conservador como Sarkozy, se disuelven en el aire al poco de ser pronunciadas. Y sin embargo, el sistema capitalista tiene fallos profundos en su funcionamiento actual que deberían ser corregidos para mejorar la eficiencia y el bienestar colectivo. Además, la ideología en la que se basa no es más real que un cuento de hadas del que, no obstante, se pueden extraer moralejas interesantes.
Quizá por ello, cuando queremos entender la esencia de lo que nos pasa, reflexionar sobre el sistema en su conjunto, su dinámica y sus contradicciones lógicas evidenciadas mediante una profunda crisis que no es un “cisne negro” sino un problema sistémico, tenemos que seguir recurriendo a tres autores con más de cien años de antigüedad: A. Smith (siglo XVIII); C. Marx (XIX) y J.M. Keynes (principios del XX), a pesar de lo mucho que en apariencia han cambiado las cosas de la economía mundial.
Mi lectura sobre Smith destacaría su interés en investigar las causas del crecimiento económico y en combatir aquello que represente un freno al mismo. Su análisis sobre los factores que impulsan el desarrollo, como son la especialización, la ampliación del mercado y la competencia, chocaban con los postulados fisiócratas que aprendió en la Francia prerrevolucionaria que visitó como tutor del hijo del duque de Buccleuch, así como con el mercantilismo estatal impulsado por la aristocracia inglesa del momento. En realidad, su desconfianza hacia el Estado –que es una de las cosas que nos ha quedado de su valiosa aportación – debe entenderse, en realidad, como un ataque a ese Estado mercantilista del último feudalismo que, en su época, se elevaba como un freno real a la libertad de mercados que necesitaba el crecimiento económico del primer industrialismo burgués. Mayor actualidad debería tener su advertencia sobre las tendencias naturales del empresario a confabularse contra el interés público, en ausencia de restricciones que solo pueden provenir de un Estado liberal.
Por su parte, en el análisis sobre la dinámica del capitalismo efectuado por Marx, habría que destacar su teoría de las crisis como parte intrínseca del propio funcionamiento de un sistema que convierte a la propiedad privada de los medios de producción en la quintaesencia de su ser. Mientras que en el feudalismo es la posición social hereditaria quien determinaba el poder y la riqueza, en el nuevo sistema capitalista las relaciones se alteran y es la riqueza hereditaria la que determina la posición social y el poder. La estructura económica se convierte, así, en el corazón del entramado social, siendo el Estado una pieza más que garantiza la propiedad privada como motor del crecimiento, aunque con ello se provoque, también, desigualdades sociales que explican los ciclos económicos y las crisis recurrentes.
Keynes se separaría de Smith en su crítica al Estado y de Marx, entre otras cosas, en su ataque a la propiedad privada. Es el perfecto reformista al entender la lógica real del sistema por encima, o por debajo, de los supuestos teóricos que lo definen en los libros y propugnar cambios radicales en lo accesorio para mantener la esencia del modelo. Así, para Keynes, los individuos no se comportan de acuerdo con los supuestos de racionalidad enunciados como hipótesis por la teoría. Sobre todo en una crisis profunda donde, por otra parte, tampoco se cumple que el todo no es más que la suma de las partes. Para él, existe un comportamiento agregado que es distinto, en aspectos importantes, del individual y, con ello, hay espacio para una lógica colectiva representada por el Estado que difiere de la privada y, gracias a ello, actúa de contrapeso cuando una recesión hunde las expectativas de beneficio de la propiedad privada, bloqueando cualquier decisión de consumo o inversión.
Así, entre los tres, cada uno subido a hombros del gigante anterior, nos ayudan a entender, todavía hoy, los problemas de funcionamiento dinámico de nuestro modelo económico. Aportando un enfoque que integra las relaciones económicas como una parte más del devenir social, en una legítima economía política. Para entender y no solo para narrar lo que pasa. Luego, según se ponga los énfasis, se harán lecturas liberales o socialdemócratas de las cosas, como hemos hecho Lorenzo Bernaldo de Quirós y yo mismo, en el libro “¿Mercado o Estado?, dos visiones sobre la crisis”, que acabamos de publicar.
¿Qué dirían Smith, Marx o Keynes ante la recesión española? ¿Y ante las adicionales 54 medidas anunciadas esta semana por el Gobierno para salir de la misma? ¿Verían proporcionada la magnitud del problema, una crisis del modelo económico que empobrece al país reduciendo su competitividad, con la levedad de las propuestas? Seguramente, pedirían una estrategia orientada a recuperar el crecimiento, reformar las reglas relativas a la propiedad privada (regulación, impuestos) y esperarían del Estado una actuación contracíclica que trajera confianza a los agentes económicos en lugar de estériles debates sobre optimismos y patriotismos de cartón, con cuatro millones de parados.
No tengo opinión clara sobre el diablo. Pero creo firmemente que el capitalismo existe y que, a pesar de todos sus avances relativos respecto a otras formas de organización social, está lejos de ser perfecto por lo que la mejor actitud ante él es la reforma permanente.
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