Archivo de Junio de 2011
Mientras la Justicia es ciega en la aplicación del conjunto de normas aceptadas racionalmente, el mercado es ciego en la consecución de un único objetivo: maximizar los beneficios dentro del menor número de reglas y restricciones posibles, porque para eso los economistas han creado la teoría del mercado en competencia perfecta, cuyos supuestos nunca se cumplen en la realidad, lo que no impide mantener impertérritas las conclusiones óptimas del modelo irreal. La bondad del mercado se predicó en un principio sobre el intercambio de mercancías, se amplió a su producción y, luego, se extendió a una cosa especial llamada dinero.
En el origen, el dinero se inventó para facilitar los intercambios de mercancías. Cuando sólo existía trueque (cambio lo que tengo por lo que necesito) los problemas eran muchos: había que encontrar, ahora, alguien que quisiera lo que tengo y que tuviera lo que quiero. Cambiar mercancías por dinero permite diferenciar el momento y el lugar de la venta y de la compra, incrementando las posibilidades de conseguir lo que deseo.
Poco a poco, sin embargo, fue haciéndose independiente de las mercancías, en la medida en que era capaz de guardar capacidad futura de intercambio (ahorro) para aquellos que podían permitírselo, porque sus ingresos superaban a sus gastos. Entonces surge el préstamo, que es un reparto del dinero existente entre quienes no lo necesitan y quienes sí lo necesitan, para dar paso luego al crédito bancario, que es creación de dinero; es decir, creación adicional de capacidad de compra en un mundo en el que vender aquello que alguien está dispuesto a comprar y pagar, se ha convertido, ya, en el principal medio para maximizar beneficios. Esto, siendo el objetivo inicial del mercado, ha acabado siéndolo de la sociedad de mercado. El crédito incrementó la separación entre dinero y mercancías, a la vez que reforzó el papel del sistema financiero sobre el conjunto de la economía, aunque conservando un papel secundario: lo importante seguía siendo producir cosas y venderlas.
En los últimos tiempos, la sofisticación de los mecanismos de conversión del ahorro en crédito, ha sido enorme. Además, son millones las personas que participan del proceso en todo el mundo, bien como ahorradores que invierten mediante sociedades especializadas, bien como prestatarios que asumen créditos cada vez con más riesgos (subprime o Grecia), auspiciados por sociedades de calificación con los incentivos trucados. Con todo ello, el dinero hace mas dinero, sin necesidad de pasar por la forma mercancía del valor, es decir, sin necesidad de crear riqueza real o puestos de trabajo. Es la entronización del sistema financiero como eje en torno al cual gira el resto de la actividad económica hasta el punto de que hoy, cuando hablamos de «los mercados», sólo nos referimos a los mercados de dinero.
Lo que empezó siendo un instrumento para impulsar la economía real se ha acabado convirtiendo en un fin en sí mismo, con un poder efectivo muy superior al del resto de los sectores económicos e, incluso, al de las reglas del juego democrático como estamos viendo con aquellos países periféricos del euro en dificultades. Hablamos de países cuyo sistema político de toma de decisiones se ha puesto en cuarentena porque tomaron un dinero prestado que, ahora, tienen serios problemas para devolver en las condiciones que se les exigen. Hablamos de países cuyos ciudadanos están sufriendo serios reveses y cuantiosas pérdidas porque ellos mismos, u otros, aceptaron créditos que, ahora, no pueden devolver en las condiciones que se les exigen. Hablamos de países que se ven obligados a pagar, ahora, las consecuencias de decisiones adoptadas antes, por ellos mismos o por otros, pero que no ven que los prestamistas privados que concedieron los créditos de forma alegre o incluso fraudulenta (basándose en información falsa proporcionada por agencias independientes) estén dispuestos a asumir su parte de responsabilidad en lo ocurrido, como está pidiendo la canciller Merkel. Hablamos de países cuya riqueza, producción, consumo y bienestar se está poniendo en cuestión porque alguien ha decidido que es prioritario atender a toda costa los intereses de los prestamistas, en las condiciones marcadas por ellos mismos. Hablamos, en definitiva, de la quintaesencia del fetichismo a que ha llegado el dinero, convertido en tótem al que sacrificamos todo lo demás, incluso nuestra democracia y soberanía nacional.
No estoy haciendo una llamada al impago de las deudas, pues ello quebrantaría un sistema financiero que necesitamos para mantener nuestro elevado bienestar. Pero sí quiero hacer una apelación al sentido común, a recuperar los equilibrios perdidos entre producción, riqueza y dinero, a repartir responsabilidades entre todos los que intervinieron en la concesión y aceptación de los créditos, a reconocer que, si hacemos quebrar al deudor, nunca cobraremos la deuda. Hago una apelación a que se arbitre un verdadero sistema europeo de rescate de países en dificultades con préstamos sustitutivos, no usureros. A que los alegres prestamistas de antaño asuman sus responsabilidades en forma de quitas y aplazamientos. A que los políticos de los países deudores apliquen la unidad de criterio en los necesarios planes de ajuste, y no el típico «quítate tú, para que me ponga yo». A la necesaria reforma internacional de los mercados financieros para que dejen de ser un tabú y devolverlos a su importante papel instrumental en la actividad económica. A reordenar los valores sociales a favor del trabajo frente al rentismo y el pelotazo. A aprender de la Historia.
Hago una apelación a aquella refundación del capitalismo de la que habló Sarkozy en el comienzo de todo. Ni más, ni menos. Y los que tengan dudas, por favor, lean El Banco. Cómo Goldman Sachs dirige el mundo, de Marc Roche (Deusto). Me lo agradecerán.
La cada vez más probable victoria del PP en las elecciones generales incrementa el interés, dentro y fuera de España, sobre cuál será la política que aplicaría un hipotético gobierno de Mariano Rajoy. Dada la delicada situación de nuestra economía y las dudas que sigue despertando en el extranjero nuestra capacidad para devolver las deudas, no resulta positivo mantener la intriga respecto a la orientación general de su política económica y las medidas diferenciales que aplicaría.
Hay cuatro constataciones que nos aproximan a una respuesta: su discrepancia, radical, generalizada aunque inconcreta, a lo que hace el actual Gobierno socialista. Segundo, lo que dicen y proponen en el Parlamento. Tercero, lo que hacen allí donde gobiernan y por último, la referencia constante a lo que hicieron cuando gobernaron y, en especial, al periodo 1996-2000, donde también se supero una importante crisis económica, muy distinta de la actual pero también, con paro y déficit elevado.
Aunque el PP ha criticado al Presidente Zapatero por haber negado la crisis económica, lo bien cierto es que ellos tampoco la vieron venir. Así, tanto en su Programa Electoral como en declaraciones de su candidato Rajoy a las elecciones de marzo de 2008, se puede contemplar como “promete la creación de 2,2 millones de puestos de trabajo hasta alcanzar el pleno empleo” o la convicción de que ” promoverán reformas que hará crecer a la economía hasta el 3,8 por ciento en 2011″. A partir de ahí, subidos a la ola del creciente desgaste de ZP, han sido más eficaces en la crítica feroz (incluso cuando han apoyado al gobierno, como en la reforma financiera), que en dejar clara su alternativa en forma de propuestas distintas que permitieran visualizar en qué y cómo lo hubieran hecho distinto ellos. El hecho de que Gobiernos conservadores europeos hayan tenido que intervenir ante Rajoy para que apoyara algunas medidas sugeridas desde la UE, indica la perplejidad con que se ha visto desde fuera algunas tomas de posición del PP como el famoso voto negativo al paquete de ajuste de mayo de 2010 que permitía alejar el fantasma de la intervención exterior.
Repasando intervenciones y propuestas, incluyendo el documento partidista aprobado tras la victoria del 22 de mayo, se detecta una constante: hay que recortar el gasto público más de lo que ha hecho el Gobierno: “en España, en este momento, racionalizar el gasto público significa asegurar los servicios públicos esenciales, las prestaciones sociales y poco más” (Rajoy. Diario de sesiones, 19/10/10) aunque luego se avanza poco más que un genérico “poner coto a los gastos innecesarios” con solo una propuesta concreta: “reducir durante este ejercicio (2010) en 10.000 millones de euros el gasto de funcionamiento del Estado” lo cuál es, a todas luces, una licencia retórica, por inviable.
La crítica al “descontrol de nuestras cuentas públicas, el gasto sin freno y la deuda inflable” recorre todas las intervenciones, incluyendo el Plan E del que también se han beneficiado ayuntamientos del PP. Junto a ello, mucha declaración de intenciones (“reformas que fomenten el crecimiento y el empleo”) y un catálogo de reivindicaciones variopintas, expresadas sin articular, en enmiendas y propuestas de resolución a los Debates sobre el Estado de la Nación. Por ejemplo, medidas orientadas a “restaurar la verdad, el esfuerzo, el ahorro y la certidumbre” (sic).
En ese contexto, resulta llamativo la vuelta de tuerca que pretenden introducir a las Comunidades Autonómicas en forma de un techo de gasto obligatorio (los límites al endeudamiento ya existen), cuando aquellas Comunidades largamente gobernadas por el PP no se han distinguido por un control más estricto ni del gasto, ni del déficit público. Además, ese techo podían haberlo adoptado ya en cada Comunidad en el marco de su autonomía, sin necesidad de esperar una legislación básica. Con ello, existe la duda sobre por qué van a hacer desde los nuevos Gobiernos autonómicos o desde un futuro gobierno de la Nación, lo que no han hecho, hasta ahora, allí donde han podido.
El argumento más utilizado por Rajoy cuando habla de su política económica es que el PP “no teme decir la verdad a los españoles, porque ya lo hizo en su día y sabe lo que hay que hacer”. Es decir, una justificación en base al pasado, al ejercicio del gobierno en otro momento difícil de nuestra economía. Respecto a esto, tengo que decir, que la realidad no se compadece con el libro de caballería construido por los populares.
El PP ganó las elecciones en junio de 1996 y sus primeras medidas económicas entraron en vigor un año más tarde (gobernaron con el presupuesto prorrogado del gobierno anterior) por lo que difícilmente se puede explicar con ellas la salida de la crisis económica y el serio recorte del gasto y del déficit público que empezó, según el INE, en 1994 todavía con gobierno socialista. Desde un punto de vista científico no se puede confundir causalidad con casualidad. Como no se sostiene el mito de que bajaron impuestos y ello provocó crecimiento económico y de los ingresos públicos, cuando los tiempos y los datos muestran justo lo contrario: gracias al aumento previo de los ingresos, vinculados al crecimiento, pudieron bajar impuestos en muchos casos, devolviendo simplemente la inflación acumulada. Si a ello unimos que la fuerte bajada de intereses provocada por el euro y el incremento del crédito inmobiliario empezaron bajo ese gobierno popular al calor de una ley del suelo supuestamente liberalizadora, hay suficientes elementos como para que las personas informadas muestren dudas sobre el recurso al pasado como garantía de éxito futuro, sobre todo, en un contexto internacional totalmente diferente.
Para reducir incertidumbres, necesitamos mayor concreción sobre las intenciones económicas alternativas de un hipotético gobierno popular. Y lo que hagan desde su reforzado poder territorial será fundamental. Porque si ganan las elecciones y acaban haciendo lo mismo que ahora se niegan a pactar, como ha pasado en Portugal, los ciudadanos y el interés general, habremos sido meros rehenes de la vieja lucha partidista. Y no están los tiempos para eso.
No estamos tan mal como pretende el PP, cuyas prioridades deberían quedar claras lo antes posible para todos los ciudadanos. Pero el Gobierno “de las dos cabezas visibles” también esta demasiado sensible ante la delicada situación electoral por la que atraviesa. Así, no le ha sentado nada bien las recomendaciones efectuadas esta semana por la Comisión Europea aunque están cargadas de buen juicio y representan una alternativa al pobre debate patrio encerrado, una vez mas, en el numero de funcionarios y en la veracidad de las cuentas de las Comunidades Autónomas, hasta que la exigencia de un Pacto de Estado ha reaparecido, aupada a algunos editoriales, como los ojos del Guadiana. Leer artículo completo »
Una vez designado, simplemente Alfredo, como nuevo rey del equipo colorado pendiente de coronación tras las primarias, el equipo azul, dirigido por el antiguo monarca Rajoy, ha movido pieza esta semana haciendo un jaque a la dama colorada en forma de anuncio de auditorias a realizar en las Comunidades Autónomas recientemente conquistadas por los suyos tras las últimas elecciones. Leer artículo completo »
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